La primera final de la Champions League del Arsenal en dos décadas terminó de la manera más cruel imaginable, cuando Gabriel Magalhães lanzó un penalti por encima del larguero para darle al Paris Saint-Germain una victoria en la tanda de penaltis y su segunda corona europea consecutiva. La imagen del defensa central brasileño desplomándose sobre el césped desesperado, consolado por sus compañeros pero inconsolable, perseguirá a los seguidores del club durante años. Mikel Arteta, cuya pasión en la banda desbordó en una amonestación tras una decisión discutida de no penalti en la prórroga, habló de una devastación colectiva pero también de una determinación por canalizar la agonía en algo transformador. "Dolor, eso es", dijo el entrenador del Arsenal. "Cuando estás tan cerca en la competición, y estás a unos penaltis de ganar la competición de clubes más importante, así es como debemos sentirnos". Sin embargo, su mensaje no fue de desesperación sino de determinación: el dolor debe digerirse, luego usarse como combustible para alcanzar un nivel superior.
Durante gran parte de la noche, el Arsenal parecía encaminado a completar un doblete histórico, habiendo puesto fin a una espera de 22 años por el título de la Premier League semanas antes. El gol temprano de Kai Havertz, rematado con la compostura de un hombre renacido bajo la guía de Arteta, llevó al delirio a la mitad roja del estadio. La primera mitad fue una lección magistral defensiva, con la forma física y la estructura del Arsenal frustrando a un PSG que había desmantelado al Inter 5-0 en la final del año anterior. Cada duelo se disputaba, cada línea de pase se cerraba, cada contraataque se sofocaba antes de que pudiera ganar impulso. Era el tipo de actuación que había llegado a definir al Arsenal de Arteta: resiliente, inteligente y despiadadamente eficiente.
Pero los vigentes campeones, descritos por Arteta como "el mejor equipo del mundo", no iban a desvanecerse en silencio. El PSG se reagrupó tras el descanso y encontró el empate por medio de Ousmane Dembélé desde el punto de penalti, concedido tras una revisión del VAR que consideró que William Saliba había detenido ilegalmente una carrera ascendente. El impulso cambió palpablemente, y la segunda mitad se convirtió en una prueba de los nervios del Arsenal. Se mantuvieron firmes, forzando el partido a la prórroga, pero la polémica decisiva llegó en el umbral del primer período adicional. Noni Madueke, introducido como suplente, condujo al área y cayó bajo la presión de Nuno Mendes. El árbitro Daniel Siebert dejó seguir el juego, y Arteta estalló en la banda, ganándose una tarjeta amarilla por sus protestas. "Vi todos los penaltis de la competición en las últimas 72 horas, pero esa fácilmente puede ser pena máxima", dijo Arteta más tarde. "No es lo que pasó y ya está. Tendremos que mejorar para intentar conseguir un resultado diferente".
La tanda de penaltis en sí fue un asunto de infarto. David Raya, tan a menudo el héroe del Arsenal esta temporada, atajó brillantemente un penalti de Mendes, mientras que el fallo de Eberechi Eze para el PSG puso a los 'Gunners' al borde de la gloria. Pero cuando Gabriel se dispuso a lanzar el quinto y decisivo penalti, la tensión era insoportable. Su carrera fue larga, su golpeo impulsivo, y el balón se elevó hacia las gradas. Fue un momento de agonía pura, que redujo al brasileño a lágrimas y dejó a sus compañeros tendidos en el césped incrédulos. Arteta caminó inmediatamente al campo para consolar a sus jugadores, con sus propias emociones apenas contenidas.
Las reflexiones posteriores al partido del entrenador fueron cuidadosamente medidas pero cargadas de significado. Al enmarcar la derrota como combustible, no estaba ofreciendo meros tópicos; estaba señalando un cambio psicológico para el equipo. Arteta sabe que para conquistar Europa, el Arsenal debe evolucionar de nuevo. "Primero tienes que pasar por ese dolor, digerirlo y convertirlo en combustible", dijo. "Para mejorar y alcanzar un nivel diferente, porque exigiría un nivel diferente con la calidad que hay en Europa". Su referencia al PSG como "el mejor equipo del mundo" fue un reconocimiento público del punto de referencia que el Arsenal debe superar, y un desafío a su propia plantilla.
Declan Rice, que una vez más ofreció una incansable actuación en el centro del campo, se hizo eco de la necesidad de perspectiva. "Intentaremos tomar perspectiva de lo lejos que hemos llegado como grupo", dijo el internacional inglés. "Algunos de los mejores equipos de la historia han perdido en penaltis en finales. Es cruel, pero así es el fútbol. El entrenador nos ha dicho cuánto nos quiere como grupo. Esto es solo el comienzo para nosotros". Las palabras de Rice transmitían el peso de un vestuario que se ha acostumbrado a desafiar las expectativas, y su confianza en una reacción era inquebrantable.
Para el PSG, la victoria cimentó una dinastía en ciernes. Los hombres de Luis Enrique se convirtieron en el segundo equipo en la era de la Champions League en retener el trofeo, y el noveno en general en la historia de la competición. El entrenador, que alineó a los mismos jugadores de campo que en la final del año pasado, rindió homenaje a la fortaleza defensiva del Arsenal. "Quizás hoy ambos equipos merecían ganar, pero por la forma en que jugamos toda la temporada, creo que lo merecemos", dijo Luis Enrique. "Estamos acostumbrados a atacar, pero ellos son fuertes físicamente, saben defender y fue muy duro. Intentaremos hacerlo de nuevo el año que viene. ¿Por qué no?". Sus elogios subrayaron lo cerca que estuvo el Arsenal de destronar a la fuerza dominante del continente.
La derrota deja al Arsenal en una encrucijada. Habiendo terminado su sequía de títulos domésticos, la próxima frontera es conquistar Europa por primera vez. Las palabras de Arteta insinúan un verano de reflexión y "decisiones muy importantes" para cerrar la brecha. La plantilla tiene una calidad innegable y un creciente sentido de identidad colectiva, pero la profundidad y el filo necesarios para ganar una final de Champions League contra un oponente como el PSG pueden requerir adiciones. El dolor de esta pérdida endurecerá al grupo o expondrá su fragilidad; Arteta apuesta por lo primero.
Mirando atrás, la final fue un microcosmos de la temporada del Arsenal: momentos de brillantez, determinación defensiva y un cruel golpe del destino. La polémica del penalti perdurará, pero Arteta se cuidó de no detenerse en ella, enmarcando el resultado como una lección. En los anales de la historia del Arsenal, esto será recordado no solo por lo que se perdió, sino por lo que aún se puede ganar si el equipo atiende el llamado de su entrenador. El viaje ha sido notable; el destino sigue agonizantemente fuera de alcance. Pero como Arteta dejó claro, el proceso de convertir el dolor en combustible ya ha comenzado. Basado en información de The Guardian.