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Adiós de Valverde al Athletic: 50 jugadores le rinden

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La carrera de Valverde de 503 partidos con el Athletic termina con un homenaje de 50 exjugadores en San Mamés. Iribar entrega un trofeo; Lekue se retira como

Una tarde histórica en San Mamés marcó el final de una era para el Athletic Club, con la despedida emotiva de la figura legendaria de Ernesto Valverde antes del último partido en casa de la temporada contra el Celta de Vigo. El entrenador de 62 años, conocido cariñosamente como 'Txingurri', estuvo en el centro de una ceremonia previa al partido que reunió a medio siglo de futbolistas y entrenadores que compartieron el viaje con él a lo largo de sus tres etapas como técnico del conjunto vasco. Fue un momento que trascendió una simple despedida, encapsulando casi dos décadas de profunda conexión con un club que se enorgullece de su identidad única.

Minutos antes del saque inicial, la Catedral —como se llama con reverencia a San Mamés— se llenó de aplausos mientras unos 50 exjugadores y miembros del cuerpo técnico de Valverde formaban un pasillo de honor. No eran solo colegas, sino hombres que habían sido moldeados por su liderazgo, desde su primera etapa entre 2003 y 2005 hasta su etapa más reciente que comenzó en 2022 y ahora llega a su fin. La asistencia subrayó el profundo respeto que Valverde inspira; cada apretón de manos y abrazo llevaba el peso de triunfos compartidos y las cicatrices de campañas duras.

La pieza central del homenaje fue la presentación de un trofeo especial por parte del icono del club José Ángel Iribar. La estatuilla, diseñada para inmortalizar uno de los gestos más reconocibles de Valverde —su costumbre de agacharse en la banda, ensimismado durante los partidos— servirá como un recordatorio permanente de su estilo idiosincrásico y su intensidad inquebrantable. Fue un regalo que hablaba directamente a los recuerdos de cada aficionado que lo vio alguna vez recorriendo el área técnica, analizando obsesivamente cada pase y presión.

El legado de Valverde en el Athletic está grabado en números que probablemente perdurarán por generaciones. Con 503 partidos como entrenador en tres etapas separadas, es el técnico que más veces se ha sentado en el banquillo en los 126 años de historia del club. Su balance final incluye no solo longevidad, sino también éxito tangible: guiar al equipo a títulos de la Copa del Rey y la Supercopa de España durante su segunda etapa de 2013 a 2017. Esos triunfos, celebrados en las calles de Bilbao, rompieron largas sequías de trofeos y reafirmaron la capacidad del club para competir al más alto nivel mientras se adhería a su estricta política de solo jugadores vascos.

Antes de convertirse en el arquitecto de esas victorias, Valverde fue un prolífico delantero del Athletic. A lo largo de seis temporadas como jugador, disputó 188 partidos y marcó 50 goles, demostrando la misma inteligencia y capacidad de trabajo que después definirían su filosofía como técnico. Este doble legado como jugador y jefe lo sitúa en una categoría de lo más exclusiva: un verdadero hombre de un solo club cuya historia está tejida en cada fibra de la institución. Su marcha marca el fin de una continuidad que pocos clubes experimentan.

Junto a Valverde, el asistente de larga trayectoria Jon Aspiazu también dejará el club este verano. La sociedad ha sido una constante a lo largo de todos los capítulos de Valverde como entrenador, y juntos formaron un dúo tranquilo y analítico que modernizó el enfoque del Athletic sin traicionar nunca sus raíces. El club se enfrenta ahora a la difícil tarea de reemplazar no solo uno, sino dos pilares de su núcleo técnico.

Mientras la atención de la multitud se centraba en su entrenador saliente, había otra despedida que honrar. Iñigo Lekue, el lateral de 33 años y uno de los capitanes del equipo, confirmó a principios de semana que colgaría las botas al final de la temporada actual. El deustoarra, que se unió al primer equipo del Athletic hace once temporadas, no recibió una oferta de renovación y, en consonancia con su devoción al club, optó por retirarse como hombre de un solo club en lugar de buscar un futuro en otro lugar. Antes del partido, Iribar y Valverde le entregaron una camiseta enmarcada, provocando una ovación de pie que resonó en todo el estadio.

La marcha de Lekue, aunque menos celebrada que la de Valverde, tiene su propio peso simbólico. En una era en la que la lealtad de los jugadores suele ser frágil, su decisión de terminar su carrera únicamente con los colores rojiblancos sirve como un potente recordatorio de los valores que el Athletic aprecia. Se marcha sin haber vestido nunca los colores de otro club, uniéndose a un selecto grupo de hombres de un solo club modernos en una era de incesante actividad de traspasos.

La resonancia emocional del día no pasó desapercibida para los más de 50,000 aficionados que abarrotaban San Mamés. Cánticos y pancartas expresaron gratitud por un entrenador que les dio noches inolvidables y un jugador que encarnó el compromiso. Para muchos, fue el cierre de un capítulo que comenzó con la primera misión de rescate de Valverde en 2003, cuando estabilizó a un equipo en dificultades, y ahora culminó con una salida digna bajo los focos de un estadio que ayudó a llenar de sueños.

En cuanto al próximo movimiento de Valverde, el entrenador se ha mantenido característicamente hermético. No ha confirmado ningún nuevo trabajo en declaraciones públicas, y se espera ampliamente que se tome un respiro del fútbol profesional, al menos en el futuro cercano. Sin embargo, la puerta nunca está del todo cerrada para un hombre cuyo olfato táctico es respetado en toda Europa, y la especulación lo seguirá naturalmente a donde vaya.

Para el Athletic Club, las dos despedidas señalan una transición significativa. La plantilla, ya en evolución bajo la dirección de Valverde, debe ahora adaptarse a nuevas voces en el campo de entrenamiento. El desafío para la directiva es encontrar a un custodio que pueda respetar la filosofía única del club mientras lo impulsa hacia adelante, una tarea dificultada por la inmensa sombra que proyecta Txingurri. Las emotivas escenas en San Mamés no fueron solo una despedida; fueron un recordatorio de lo profundamente que un entrenador puede incrustarse en el alma de un club.

Basado en información de Marca.