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Por qué lloró Ewa Pajor: el fin de 5 derrotas en finales de

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Tras perder cinco finales anteriores de la Champions League, Ewa Pajor finalmente ganó con el Barcelona, marcando en la victoria sobre el Lyon para acabar con

Ewa Pajor cayó de rodillas sobre el césped del Ullevaal Stadion, con lágrimas corriendo por su rostro mientras el pitido final confirmaba lo que se le había escapado durante casi una década. Después de cinco dolorosas derrotas en finales de la Liga de Campeones Femenina de la UEFA, la delantera polaca finalmente había roto la barrera: marcó un gol crucial en la victoria del Barcelona sobre el Lyon para asegurar su primer título europeo. La emoción cruda contaba la historia de una jugadora que había estado tan cerca, tantas veces, y finalmente exorcizó sus demonios personales en el escenario más grande.

Para los aficionados del Barcelona, el momento fue agridulce. Se preparan para despedir al ícono del equipo masculino, Robert Lewandowski, quien se marchará al final de la temporada después de cuatro años repletos de títulos en Cataluña. Sin embargo, en Pajor, quizás hayan encontrado una compatriota capaz de llenar el vacío que deja una máquina de goles polaca por otra. La jugadora de 29 años ha sido una revelación desde que llegó procedente del Wolfsburgo el verano pasado, y su logro cumbre en Oslo consolidó su estatus como una estrella de primer orden por derecho propio.

La historia de Pajor de desamor en las finales de la Champions League es casi sin parangón. Probó la derrota por primera vez en 2016, cuando su equipo del Wolfsburgo perdió ante el Lyon en los penaltis tras un empate 1-1. Dos años después, el Lyon volvió a ser su perdición en una paliza 4-1 en la prórroga. La final de 2020 trajo más miseria, una derrota 3-1 ante el mismo poderoso equipo francés. Pensó que su suerte podría cambiar tras mudarse al Barcelona, pero en 2023 las catalanas cayeron 3-2 ante su antiguo club, el Wolfsburgo, y un año después el Arsenal las sorprendió 1-0. Cinco finales, cinco derrotas: una secuencia cruel que habría quebrado a espíritus menores.

Contra todo pronóstico, Pajor siguió creyendo. Cuando pisó el campo en Oslo, el peso de esos fracasos era palpable. En la primera mitad desperdició dos oportunidades de oro: un globo que se fue alto tras un error entre Wendie Renard y Christiane Endler, y un disparo desviado después de una jugada inteligente de Alexia Putellas. En otra noche, esos fallos podrían haber definido su velada. En cambio, se reagrupó, ajustó la puntería y golpeó cuando más importaba.

El avance llegó a mediados de la segunda mitad. Pajor, siempre la oportunista, aprovechó un pase preciso y batió fríamente a Endler para darle al Barcelona una ventaja que no cedería. El gol fue un testimonio de su resiliencia: la marca de una delantera que se niega a ser definida por los fallos. Cuando la red se movió, años de frustración se fundieron en pura euforia. Corrió hacia el banderín de córner, con los brazos extendidos, antes de ser acosada por compañeras que entendían exactamente lo que significaba el momento.

Cuando sonó el pitido final, la compostura de Pajor se rompió. Se arrodilló sobre el césped, sollozando sin control, mientras la magnitud de su logro la envolvía. Fue una escena de profunda catarsis, la culminación de un viaje marcado por la persistencia y el dolor. «Esto es por todas las finales que perdí», parecía decir entre lágrimas, aunque no hacían falta palabras. Las imágenes por sí solas transmitían una década de anhelo finalmente satisfecho.

Para el Barcelona Femení, la redención de Pajor también es una declaración de intenciones. El club ha construido una de las plantillas más formidables en la historia del fútbol femenino, y añadir a una jugadora del calibre de Pajor –una goleadora probada con un punto que demostrar– solo ha fortalecido su dinastía. Su capacidad para dar la talla en los momentos clave añade una nueva dimensión a un ataque ya rebosante de talento. Con Pajor liderando la línea, las blaugranas parecen listas para dominar Europa durante años.

El paralelismo con Lewandowski es imposible de ignorar. Ambos son polacos, ambos son finalizadores letales, y ambos han grabado ahora sus nombres en la historia del Barcelona. Mientras los aficionados dirán pronto adiós a Lewandowski, pueden consolarse sabiendo que otra francotiradora de la misma nación está alcanzando su mejor momento. El viaje de Pajor desde la oscura sombra de las derrotas en finales hasta la cumbre de la gloria europea refleja la resiliencia que define a los mejores atletas.

El triunfo de Pajor también reescribe la narrativa en torno a su carrera. Ya no es la «casi mujer» de las finales de la Champions League; se ha ganado el derecho a ser mencionada entre las grandes del juego. Su récord de cinco finales perdidas será ahora una nota al pie de una historia de éxito definitivo: un recordatorio de que la perseverancia da sus frutos. Para las jóvenes jugadoras que observan en todo el mundo, su trayectoria ofrece una poderosa lección: el fracaso no es definitivo a menos que tú lo permitas.

Mientras el Barcelona celebraba hasta bien entrada la noche noruega, Pajor apretaba su medalla de ganadora con la incredulidad de alguien que había esperado una eternidad para este momento. Las lágrimas que fluyeron tan libremente no eran solo de alegría, sino de liberación: de la carga de las expectativas, de la agonía de repetidos desamores, y del miedo a que nunca pudiera conquistar su última frontera. Al hacerlo, completó un círculo que comenzó nueve años antes en el lado perdedor.

De cara al futuro, el papel de Pajor en el Barcelona solo crecerá. Con la marcha de Lewandowski, el club se apoyará aún más en su talismán polaco para conseguir trofeos e inspirar a la próxima generación. Su medalla de ganadora de la Champions League es más que un logro personal; es un símbolo del hambre continuo del Barcelona y una advertencia a sus rivales de que este equipo está lejos de haber terminado. Para Pajor, el peso se ha quitado de encima, y ahora el cielo es el límite.

Basado en reportajes de L'Equipe.