El Mundial de 1970 en México es a menudo aclamado como la cúspide del arte futbolístico, con el estilo samba de Brasil cautivando al mundo. Sin embargo, el camino hacia ese triunfo icónico no fue nada fácil. En enero de 1969, mientras la dictadura militar endurecía su control sobre Brasil, la selección nacional hizo un nombramiento asombroso: João Saldanha, un comunista declarado y periodista deportivo, fue designado entrenador principal. Esta elección improbable, orquestada por el presidente de la Confederación Brasileña de Deportes, João Havelange, fue un intento desesperado de cortar las disputas políticas y las rencillas regionales que habían afectado durante mucho tiempo a la Seleção.
Saldanha, conocido por su lengua afilada y su falta de experiencia como entrenador de alto nivel —su único cargo anterior fue un breve paso por Botafogo más de una década antes— inmediatamente causó revuelo. Su primera jugada fue anunciar públicamente su once titular y suplentes, sin dejar espacio para el debate. La medida autoritaria funcionó: Brasil arrasó en la clasificación para el Mundial, superando a equipos como Venezuela con un directo 4-2-4. Sin embargo, el mandato de Saldanha era una bomba de tiempo. Sus inclinaciones políticas atrajeron la ira del régimen militar, mientras que su volatilidad personal —tenía la costumbre de empuñar armas de fuego y a menudo se le veía borracho— erosionó su credibilidad.
El tema más explosivo fue su deteriorada relación con Pelé. Impensable hoy en día, el mejor jugador del mundo estuvo a punto de quedarse fuera de las finales de 1970. Saldanha cuestionó públicamente la forma física de Pelé e incluso su vista, sugiriendo que su puesto se mantenía solo por razones comerciales. Esta opinión encontró apoyo entre otros entrenadores: Aymore Moreira, que había dirigido a Brasil en 1962, escribió que el problema estructural del equipo "tiene un nombre: Pelé". Otto Glória, entrenador de Portugal en 1966, declaró: "Por cómo está jugando, Pelé no tendría un lugar en mi equipo". Las encuestas de opinión mostraron que hasta el 59% de los aficionados en Minas Gerais favorecían dejar fuera al icono. Fue necesaria la intervención de un nuevo entrenador para salvar el sueño mundialista de Pelé.
Tras las derrotas amistosas contra Argentina en marzo de 1970, Saldanha fue despedido. La realidad pragmática era clara: su anticuado 4-2-4 sería desmantelado por los oponentes de élite en México. Mário Zagallo, la "hormiguita" que brilló en los triunfos de 1958 y 1962, tomó las riendas. Su primera tarea fue reparar el vínculo con Pelé. En su primera sesión de entrenamiento, Zagallo hizo una promesa audaz: "El equipo será Pelé y diez más". Este reinicio psicológico fue crucial, pero la reinvención táctica era igualmente urgente.
Zagallo no perdió tiempo en desmantelar el viejo sistema. Recordó más tarde: "Asumí sin una idea fija de lo que iba a hacer, pero sabía que habría muchos cambios". El mediocampo se transformó: Wilson Piazza, originalmente centrocampista, fue desplazado a la defensa para añadir calidad en el pase, dejando espacio para el incansable Clodoaldo junto al metronómico Gérson. En la izquierda, se probó a Paulo César pero fracasó, así que Zagallo desplegó a Rivellino —un creador natural del centro— como "falso extremo izquierdo". Esto podría haber neutralizado el flanco, pero el zurdo Tostão solía desmarcarse para proporcionar amplitud.
El papel de Tostão fue en sí mismo un golpe maestro. Tras recuperarse de un desprendimiento de retina, se dudaba de él como delantero centro —más tarde admitió que era "lento y ofrecía poca amenaza al gol". Sin embargo, su inteligencia técnica y su juego de enlace lo convirtieron en un complemento ideal para Pelé. En la derecha, Jairzinho proporcionaba velocidad explosiva y fisicalidad, recortando hacia adentro para finalizar las jugadas. La unidad ofensiva funcionó, pero Zagallo sabía que el equipo tenía que defender mejor. Sin zagueros dominantes como Bellini o Mauro, inculcó un bloque compacto, a menudo asentándose en un 4-5-1. Como explicó: "Jairzinho, Pelé, Rivellino, todos replegaban... Me alegra ver al equipo en términos de 4-5-1".
Más allá de la táctica, la preparación física de Brasil fue un punto de inflexión. El gobierno autoritario, combinando disciplina militar con celo tecnocrático, invirtió fuertemente en ciencia deportiva. Con aportes de análisis de datos al estilo de la NASA, el equipo fue acondicionado para el calor extremo del mediodía de Guadalajara y el aire enrarecido de la Ciudad de México. Esta meticulosa planificación fue la razón por la que Brasil se convirtió en el primer equipo en llegar al torneo, ya que Zagallo prometió que serían "los últimos en irse".
La transformación de un campamento caótico y políticamente tenso a una unidad tácticamente flexible y científicamente preparada fue extraordinaria. La combinación de la astucia psicológica de Zagallo, su evolución táctica del 4-2-4 a un fluido 4-5-1, y el régimen de condición física respaldado por el Estado convirtió a un equipo desarticulado en una fuerza cohesionada. Cada pieza —la reubicación de Piazza, la energía de Clodoaldo, la inventiva de Rivellino y el tridente Pelé-Tostão-Jairzinho— encajó en un equipo mayor que la suma de sus partes.
El Mundial de 1970 vindicaría cada apuesta. El arte de la Seleção, epitomizado por el atronador gol final de Carlos Alberto, estaba sustentado por una estructura defensiva y una resistencia física que pocos habían anticipado. El camino desde el reinado autocrático pero defectuoso de Saldanha hasta el enfoque inclusivo y moderno de Zagallo reflejó las propias contradicciones sociales de Brasil bajo la dictadura. Sigue siendo un estudio de caso clásico de cómo el éxito deportivo a menudo surge al borde del desastre.
Basado en reportajes de The Guardian.